Concurso de relatos #historiasdeverano
Sara, tengo que contarte lo que me ha pasado este verano
Ya sabes que mi abuela tiene una pequeña casita en Malta. En muchas ocasiones me ha animado a que vaya a pasar un tiempo para huir de la rutina. Pero Sara, no se puede escapar de los recuerdos; son un muro de cemento infranqueable.
Pues este pasado 10 de julio sin meditarlo, cogí el primer vuelo que salía de Bilbao; sin billete de vuelta, sin maleta, solo con cuatro trapitos en una mochila.
Una vez en casa, dejé la bolsa sobre el pequeño taquillón que estaba en la entrada, y salí a pasear por La Valeta. No recordaba lo agradable que era caminar por esa ciudad tan hermosa, tanta belleza aglutinada en tan poco espacio.
¡Ay, Sara! cuántos secretos de mi infancia se escondían entre esas calles.
Llegué hasta la avenida La República. Me senté en una de las mesitas de la terraza que hay en “Piadina Caffe” donde tantas mañanas había desayunado años atrás. Me pedí un cafecito muy caliente. Y mientras leía la última novela de Megan Maxwell, al tiempo que disfrutaba del atardecer, se encendió la luz Sara, la luz que abriga el alma, la luz que aleja a las penas.
El corazón comenzó a palpitar tan fuerte que sentía como si mi cuerpo tuviera convulsiones. Tuve que tocarme con mis dos manos para sujetarlo, para empujarlo y mantenerlo dentro. Abría y cerraba los ojos tratando de discernir si lo que estaba viendo era real o más bien, producto de mi imaginación, influenciada por las románticas palabras de Megan.
Era él Sara, ¡era él! Era Marco.
Los nervios me controlaban, el sudor se apoderaba de mis manos, el aire debía de haberse esfumado porque era incapaz de respirar, las lágrimas me pedían a gritos salir.
Y cuando ya parecía recobrar la cordura, nuestras miradas se cruzaron, Sara. Y ahí es cuando no supe si derretirme como la nieve o arder en llamas.
Volví a La piscina de San Pedro, regresé a ese primer y único beso en los labios, a aquel abrazo que sabía a hogar, a aquellas manos en mi mejilla que me hacían sentir especial, a aquel amor que me susurraba al oído que era para siempre.
Y Sara, se levantó. Una gran sonrisa lucía en su preciosa cara. Mi corazón se agitaba, el bello de mi piel se erizaba. Sus pasos iban a cámara lenta. Traté de relajarme, sin éxito.
Altísimo, guapísimo; vestía pantalones beige, una camisa blanca cubría unos brazos musculados de infarto, y sus zapatillas color nácar cerraban el atuendo.
Cuando se encontró a mi altura, me miró fijamente: y el tiempo se detuvo. Creo que por unos segundos llegué a perder la consciencia. Sin mediar palabra alguna se adentró en el restaurante.
Los tres minutos que estuvo en el interior se me hicieron eternos. Después, simplemente lo vi salir. Se dirigió directamente hacia las personas que parecían ser su mujer, y sus dos adorables hijos.
Desapareció, lentamente, entre la multitud.
Salí de mi ensimismamiento al notar una mano dándome golpecitos en mi hombro. Sobresaltada, me espabilé. Era el camarero que me entregaba una nota.
La abrí de camino a casa. En ella decía «Eres tú, Estrella». Y un número de teléfono.
Sara, por Dios ¿lo llamo?
K guay Leire😉
Muchísimas gracias Ana. 😉