La luz que no puedes ver

#historiasdeamor

La detective Luz se encontraba en su octavo mes de embarazo.

Su superior tuvo que suspenderla, sin motivo, para que cogiera la baja de una vez. Eran cuantiosos los chismorreos que se expandían por la Central como que en cualquier momento se la iban a encontrar danto a luz en los pasillos, o en su despacho sola tecleando en el ordenador o, en la impresora de la primera planta, donde acostumbraba a imprimir sus trabajos de investigación.

Luz era una mujer luchadora, valiente y sobre todo constante y coherente con sus principios. Desde que cumplió la mayoría de edad tenía muy claro que no quería ser madre. Su objetivo era descubrir mundo, aprender cosas, conocerse a sí misma. Le encantaba resolver problemas. Encontrar la solución a las contrariedades que le rodeaban. Leía mucho y escribía más. Y en la intimidad de su habitación se envolvía en su pequeña burbuja, donde se sentía protegida y en paz.

Relaciones no le faltaban. Es más, las buscaba y las propiciaba. El sexo le gustaba. Pero ningún hombre la llenaba, ninguno lograba marcar un punto y seguido en su vida.

La Central le nutría 100 % pero, empezó a notar un vacío maternal a sus 40 años. Luz se sentía absolutamente contrariada. Cómo podía ser eso posible. Cómo reclamaba la necesidad de engendrar cuando hacía menos de un año se había puesto el DIU.

Así pasaron algunos años. Cada vez más, perdía las esperanzas de formar una familia. Inevitablemente, ninguna pareja fraguaba.

Una mañana, la detective, siguiendo al sospechoso de su caso principal fue protagonista visual de un aparatoso accidente. Desafortunadamente un camión chocaba brutalmente contra un coche en el que se encontraba una mujer junto a su marido y sus dos pequeños. La familia salió ilesa del vehículo. Luz se sintió más aliviada.

Al llegar la noche y regresar a su casa, la detective se dejó caer en su mullido sofá, donde pasaba habitualmente largas horas leyendo. El accidente la había marcado visual y psicológicamente. Movía la cabeza confundida, se negaba a sí misma, lo que realmente bullía en su interior.

A sus 43 años se dijo en voz alta.

¡Seré madrel!

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