El sueño de la niña que escribía

#Historiasdemujeres

Mientras trabajo necesito sonido de fondo, voces que me den fuerza, que me evadan de este trance en el que estoy envuelta

Doy a parar con una serie en la que la protagonista quiere ser directora de cine. Escribe un guion romántico; tiene un accidente en un viaje en metro; un atentado, en el que estalla una bomba. Y le nace iniciar un nuevo guion contando lo que sufrió, documentándose para que la obra sea sublime. Entusiasmada se lo presenta al profesor de la asignatura Dramática, y este le recomienda retomar el primero, el “romanticón” ¡sí! porque el fatídico no da la talla.

En su rostro observo la insatisfacción que bulle y quema de fuera para adentro.

Ese reflejo me muestra y me arrastra al resumen de mi existencia. A la vida de una chica que, desde pequeña, mantenía la necesidad urgente de escribir, de expresarse. De contar, de relatar sus historias, y las historias de otros. Todas esas memorias escritas a mano durante muchos años siguen vivas, a buen recaudo, en un cestaño para aparejos de pesca y anzuelos.

Desde niña sentía que tenía un don, que podría ser reconocida por la escritura, por la comunicación. Recuerdo coger prestado el diario de información deportiva que mi padre leía habitualmente; el Marca, sentarme en una silla de madera blanca, apoyarlo sobre la mesa de la cocina, no sin antes haber olido el perfume de sus hojas, el aroma que emanan con su movimiento. Alternaba la lectura de algunas líneas con levantamientos certeros de cabeza, fijando la mirada en dirección a la cámara imaginaria.

Fantaseaba encontrarme en un plató de televisión conduciendo los informativos; me sumergía en la abstracción más plena, viajaba a otro mundo, volaba de la nada a un todo.

Relataba palabra tras palabra en voz alta, impostando las pausas en las comas, las pausas más largas en los puntos, enfatizando ciertos verbos, o ciertos sujetos, sin olvidarme nunca de alzar rápidamente la vista hacia la cámara imaginaria con convicción, con seguridad, con propiedad.

En aquellos tiempos no tendría más de ocho años, y el hambre imperiosa de contar historias me picaba gustosamente el cuerpo. Las primeras empezaron a ver la luz en el diario que recibí el día de mi primera Comunión. Un diario al que se le sumaron hojas de diversos cuadernos porque me quedé falta de ellas, en el diario original. Un diario que recuerdo al detalle; blanco crema, material acolchado, una gran copa de cáliz enmarcada en color tostado en la portada, los filos de las hojas estaban bañados en oro falso, con un candado que hacía juego. Meticulosamente echaba el cierre cada vez que finalizaba mi escritura. Minuciosamente anotaba mi edad, la fecha, y el lugar en el que me encontraba. Un diario, que hoy día, sigue acompañándome.

Mi abuela Rufina me animaba. “¡Niña! Escribe en tu diario lo que te pase, y al caer el día me lo cuentas. Lo que uno escribe en un papel, nunca se pierde ni se olvida. Te gustará leerlo cuando seas mayor.” Grandes palabras las de Rufina Martínez Yerga.

Me encantaba regodearme añadiendo el matiz dramático, grapando en el papel algo representativo; un globo rojo tocado por las manos de Chema, el chico del que estaba perdidamente enamorada a mis 13 años; el forfait de mi primera escapada a las pistas de esquí de Candanchú; el ticket de mi primer viaje en Renfe en solitario para hacerme el trayecto Bilbao-Almería.  Dramatismo, recreación, puro teatro.

Cuando escribo siento, pero cuando alguien lee lo que escribo y siente, la satisfacción se multiplica; crece. Aunque no todo es un cuento de hadas.

Recuerdo al detalle aquel día en el que me propusieron escribir en un periódico para cubrir los sucesos del pueblo alavés donde vivía. Recuerdo, en paralelo, el miedo que recorría por cada resquicio de mis venas. Recuerdo esa sensación de ignorancia, de torpeza para asistir a los plenos del ayuntamiento por la mañana, anotar las ideas relevantes de cada noticia o breve durante el mediodía, trabajarlas y enviar por la tarde maquetada la página, al periódico que te contrataba. Y recuerdo la impotencia, la debilidad, la frustración, los días de llanto por no verme capaz, por creer que yo estaba hecha para el periodismo, y caérseme el “castillo de naipes” encima.

A mi padre le prometí que sería una gran periodista, que trabajaría “dando el parte”. Murió muy pronto, en un suspiro, cuando tan solo tenía 12 años. Era mi referente, mi valentía, una sonrisa eterna, que empuja a creer en ti, que te impulsa a enseñar los dientes.

Las palabras son sentimientos que no rinden pleitesía ni a hombres ni a mujeres, no distinguen a las personas por la edad, ni la clase social; pertenecen, efímeramente, a los labios que las susurran. No “doy el parte” Manolo, pero sí soy periodista, y sí trabajo con pasión, con las letras, cada día.

#Historiasdemujeres: concurso de Zenda

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